Días de Todos los Santos y Fieles Difuntos son de oración, reflexión y meditación

(Raymundo León/Diario de Xalapa/ )  VERACRUZ, MÉXICO 31.10.2017   La Iglesia Católica celebra los días uno y dos de noviembre dos festividades: el día uno es la solemnidad de Todos los Santos, y el día dos se recuerda a los Fieles Difuntos; esos días son de oración, de reflexión y de meditación acerca de dos aspectos de la vida cristiana muy importantes: el primero es el tema de la santidad, el segundo es el misterio de la muerte, afirma José Manuel Suazo Reyes, director de la Oficina de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Xalapa.

La conmemoración de los difuntos, indicó, es un día en el que recordamos a aquellos que físicamente ya no están entre los vivos porque ya han muerto. La oración que se hace por ellos, como lo enseña la Sagrada Escritura, es para suplicar la misericordia divina por ellos; para que Dios perdone todas sus culpas y los pecados que en vida no hayan podido reconciliar.

“Humanamente hablando, la llegada de la muerte pasa por la experiencia amarga del dolor, del llanto, del luto, de la tristeza, de la sensación de la oscuridad; sin embargo, en medio del túnel de esa experiencia, la fe permite contemplar la luz de la Gloria divina manifestada en la resurrección de Cristo, “pues para los que creemos en él, la muerte es un paso obligado para encontrarnos con Dios ya que nada escapa a los designios divinos, como dice la Sagrada Escritura: ‘en la vida y en la muerte somos del Señor’”.
Vista desde la fe, expresó el sacerdote, la muerte es otra manera de participar de la Pasión de Cristo, quien siendo Hijo de Dios, experimentó la muerte; por lo tanto, cuando morimos, participamos de su misma muerte, porque esperamos también participar de su resurrección.

El uno de noviembre está dedicado a Todos los Santos, a quienes han sido reconocidos como tales y que la Iglesia presenta como intercesores delante de Dios y como modelos a imitar porque han vivido en grado heroico las virtudes cristianas. Pero ese día, se celebra también a quienes ya se encuentran en el cielo aunque no hayan sido conocidos por las generaciones actuales. “Los santos fueron personas como cualquiera de nosotros, que escucharon la voz de Dios y que respondieron a la llamada a la santidad. Los santos son como un tesoro espiritual en la Iglesia. Ha habido santos en todos los tiempos, los hay de diferentes edades y estratos sociales, hay santos en todas las edades: niños, jóvenes, adultos; los hay de diferentes profesiones: amas de casa, padres de familia, abogados, doctores, enfermeras, arquitectos, filósofos y teólogos; ha habido santos muy sabios y otros muy sencillos. Unos han sido virtuosos desde pequeños, otros han llevado una vida alejada de Dios, pero cuando se encontraron con Jesús, se convirtieron y optaron por la vida cristiana”, dijo.

El eclesiástico manifestó que la santidad es la vocación “a la que estamos llamados todos los fieles cristianos. De hecho, en el bautismo Dios ya nos ha santificado, sin embargo, esa gracia se necesita conservar y hacer crecer. Si no se cuida o alimenta ese don precioso, se corre el riesgo de perder la santidad. Dios quiere que todos seamos santos por eso nos envió a su hijo Jesús. Por lo tanto, junto a la gracia santificadora que Dios nos regala, es importante también querer ser santos y aquí entra el papel de la voluntad”.

Una vez que ha transcurrido el día uno de noviembre y con él ha pasado la festividad de Todos los Santos, la Iglesia Católica recuerda el día dos de noviembre a Todos los Difuntos, día que la comunidad cristiana identifica como Día de Muertos. “Hacemos oración por los difuntos siguiendo lo que dice Lucas 20, 38 acerca de que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”, aseveró.
José Manuel Suazo Reyes refirió que el lugar en donde se sepulta a los difuntos se llama campo santo o cementerio y que esa palabra significa “dormitorio”, por lo que el cementerio es el lugar donde se duerme esperando despertar en la resurrección.

Una vez que se terminan los días de la morada terrena, a todos se entrega una morada eterna; de esta manera, al momento de la muerte se abre la puerta para la vida definitiva. “Lo maravilloso que nos enseña la fe, es que en esa puerta nos espera Dios con los brazos abiertos para introducirnos en la patria eterna donde ya no habrá llanto, ni luto, ni dolor. Cristo ha prometido en el Evangelio que él se ha ido a su Padre para prepararnos un lugar junto a él, porque en la casa del Padre existen muchas habitaciones. Debemos recordar, además, que a la hora de la muerte, no sólo nos espera Dios sino también la santísima Virgen María y todos los santos que son nuestros intercesores en el cielo”, aseguró José Manuel Suazo Reyes.

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